Mundaya: Bolsos naturalmente gallegos

¡Muy buenos y otoñales días!

Ya sabéis que siempre me gusta hablar de marcas que producen localmente, pero ahora que se acerca la Navidad y que vuestras ansias de consumo se van a multiplicar por cien en unas semanas, me parece más importante que nunca recordaros que el origen de las cosas que compramos sí importa ¡y mucho!

Hace un par de meses me llegó un maravilloso correo de Mundaya en el que me presentaban esta marca nacida en Santiago de Compostela. Cada uno de los bolsos en venta están cosidos manualmente por su creadora, Lara Santomé y compuestos de materiales naturales (cuero con curtido vegetal*, arpillera, madera,…) pero es que, además, son preciosos. ¡Haz click AQUÍ para echar un ojo a sus diseños!

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One Happy Family: un hogar con las puertas siempre abiertas

EL OASIS COLABORATIVO PARA LAS PERSONAS REFUGIADAS DE LA ISLA DE LESBOS

¡Buenas noches, camaradas!
He estado súper ocupada últimamente (os contaré qué se siente siendo acompañante de estudiantes en el extranjero, desde luego otra experiencia digna de una entrada de blog…)

Hace poco os conté mi experiencia como voluntaria en Grecia e hice una mención especial al centro comunitario One Happy Family. Hoy quiero enseñaros algunas imágenes de este sitio para que entendáis un poco mejor mi fascinación por este proyecto. Cuando estuve allí aproveché también para entrevistar a la encantadora Bridget Chivers; una enfermera jovencísima que ha cruzado medio mundo para trabajar al servicio de los demás en esta crisis de refugiados, y con la que hemos tenido la suerte de colaborar. Repito lo que ya dije en mi entrada anterior sobre este lugar, para refrescaros la memoria:

“Los residentes de los campamentos de Moria o Kara Teppe pueden llegar allí tras media hora o cuarenta minutos de caminata y recibir cuidados médicos primarios (para tratar congestiones nasales, cortes poco profundos, problemas de indigestión, conjuntivitis…) además de medicamentos. Mi trabajo consistía principalmente en hacer de intérprete entre la doctora y los pacientes. (…)

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Voluntariado en Grecia – Parte II

(Esta entrada es la continuación de Voluntariado en Grecia – Parte I )

¡Hola de nuevo a toda la gente linda que me lee!
Escribo desde el ferry: parezco una bloguera famosa de ésas que no tienen tiempo para nada. Este verano me decidí a irme de voluntaria al extranjero, por eso no paro. Me gustaría mucho que quienes os lo estáis pensando podáis llegar a conseguirlo y por eso me parece importante compartir algunas de mis impresiones. Ojalá no hiciese falta nada de lo que hacemos y los únicos viajes solidarios fuesen para asistir en catástrofes naturales (aunque, puestas a formular deseos, ojalá no hubiese nada de eso tampoco…)

Todavía me quedan muchas cosas que contar, así que aquí vamos:

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Voluntariado en Grecia – Parte I

Son muchas las razones por las que me apetece compartir aquí la experiencia vivida en Grecia: en primer lugar, porque escribir sobre las cosas que veo y siento me resulta apasionante (sobre todo si se trata de un aventura de este calibre); en segundo lugar, porque el relato podría ser útil o interesante para quienes se estén planteando realizar un voluntariado parecido o para quienes simplemente tengan curiosidad, y por último, porque en ese país he conocido a decenas de personas maravillosas que trabajan desinteresadamente para que otros estén mejor, y ya sabéis que en este blog las historias de superhéroes cotidianos son más que bienvenidas.

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Dos hormiguitas que se van a Grecia

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Photo by Alex Blăjan on Unsplash

¡Qué valiente eres!

Ya me habían dicho esta frase hace 3 años, cuando me fui a Irlanda a buscar trabajo sin ningún contacto, pasando las primeras noches en un albergue cualquiera, mandando el currículum a diestro y siniestro y contestando llamadas que ni siquiera comprendía. Por entonces ya me parecía exagerado decir que aquello era valentía. Eran más bien ganas de cambio, de mejora y de aventura. Estaba en un país europeo, en una ciudad segura y con una cultura muy parecida a la mía ¿Qué podría ir mal? Si las cosas se ponían feas (es decir, si me daba cuenta de que el sabor de la Guinness no me convencía o que llovía demasiado) AerLingus me permitiría volar a Madrid por un módico precio de 50 euros. Podría después cruzar la meseta en tren escuchando alguna música melancólica y mirando por la ventana, hasta que el cambio de color en el paisaje me indicase que ya estaba en casa. ¡Punto! Sigue leyendo