Voluntariado en Grecia – Parte I

Son muchas las razones por las que me apetece compartir aquí la experiencia vivida en Grecia: en primer lugar, porque escribir sobre las cosas que veo y siento me resulta apasionante (sobre todo si se trata de un aventura de este calibre); en segundo lugar, porque el relato podría ser útil o interesante para quienes se estén planteando realizar un voluntariado parecido o para quienes simplemente tengan curiosidad, y por último, porque en ese país he conocido a decenas de personas maravillosas que trabajan desinteresadamente para que otros estén mejor, y ya sabéis que en este blog las historias de superhéroes cotidianos son más que bienvenidas.

Empezaré diciendo que mi acompañante (una persona de mi familia) y yo emprendimos este viaje porque en ese momento disponíamos del tiempo y del dinero necesarios. Dos semanas es muy poco, pero es más que suficiente para hacerse una idea de cómo -de mal- están las cosas para quienes escapan de la guerra y la pobreza y llegan a las costas europeas. Por supuesto existen opciones de voluntariado internacional en donde la propia organización (o algún otro organismo) te costea el viaje y la estancia, pero no fue nuestro caso. Ahora que estamos de vuelta estamos todavía más convencidas que antes de que cada euro que salió de nuestro bolsillo supuso una inversión más que un gasto.

Después de habernos puesto de acuerdo acerca de las fechas enviamos un correo a Team Bananas, la organización con la que queríamos colaborar (los chicos y chicas de Camino a Grecia nos hablaron de ella). Tras conocer nuestra disponibilidad y nuestras inquietudes, el responsable nos explicó cómo funcionaba todo y nos dio alguna información, también nos pidió que cubriéramos un documento de inscripción y que ingresáramos una determinada cantidad para costear la gasolina que utilizaríamos en nuestros desplazamientos diarios a los almacenes, a los campos, etc. En un primer momento me pareció sospechoso que nos pidieran dinero de antemano, por eso pedí al responsable que nos enviase el típico documento de identidad bancaria con el nombre de la organización asociado a ese número de cuenta (hay gente que saca provecho de las situaciones más impensables, por eso preferí asegurarme).

Nos plantamos en Thessaloniki el 2 de julio, en medio de la noche. Nuestra anfitriona nos esperaba pacientemente en el pequeño estudio que habíamos alquilado a través de Airbnb. En el trayecto desde el aeropuerto un taxista nos había contado sus ideas políticas, más bien conservadoras (“Tsipras is a shit”). Al principio se había pasado un largo rato callado y serio (¡qué diferencia con respecto a los adorables taxistas irlandeses!). Le dijimos lo que veníamos a hacer y no se mostró demasiado contento. Decidimos no darle muchos más detalles. Buena parte de la ciudadanía griega no comprende el trabajo que se lleva a cabo para ayudar a los/as refugiados/as en el país; sólo quieren que se vayan pronto de allí y que dejen de subir los impuestos. Son considerados como un mero problema económico, como una plaga. Dicen que Europa les ha dejado de lado, no sin razón, y que no pueden hacer frente a una tasa de inmigración tan alta. ¿Acaso se olvidan de la parte humanitaria? ¿Acaso se olvidan de que las fronteras tienen sólo una función administrativa y que, por encima de todo, está la seguridad y el bienestar de las personas? Es curioso que en España la gente nos haya animado tanto y al llegar allí nos hayamos sentido tan incomprendidas en algunas ocasiones. Por supuesto, la sensación al estar entre otros voluntarios y voluntarias es completamente diferente. La primera vez que conocimos a nuestros compañeros y compañeras, nos dimos cuenta de que estábamos en el lugar correcto.

Después de haber descansado bien (por suerte para nosotras y por desgracia para el medio ambiente el apartamento tenía aire acondicionado) nos lanzamos a conocer la pintoresca ciudad de Thessaloniki con las piernas todavía libres de picaduras de mosquito. Por la noche cenamos con el resto de voluntarios y voluntarias. “Lo normal en nuestro grupo es que la comida sea vegetariana, si quieres carne tienes que especificarlo” me había comentado una chica. Disfrutamos de un manjar compuesto de verduras y queso feta, sorprendidas tanto por lo rico y barato que era todo como por lo jóvenes que eran todas las personas que nos rodeaban (¡y simpáticas!). No nos esperábamos que nuestras coordinadoras (una chica alemana y otra holandesa) tuvieran 23 años y que algunas de las voluntarias tuvieran sólo 19. Traté de imaginarme qué estaba haciendo yo o cualquiera de mis amigos a esa edad… Mejor no lo escribo. ¿Será una cuestión cultural?

Saborear ese ambiente nos ayudó a tranquilizarnos. Supongo que quienes nos decían “qué valientes sois” antes de irnos nos habían contagiado un poquito de su miedo. Al conocer a tantas personas que pasaban allí semanas e incluso meses, nos dimos cuenta de que en realidad no había nada que temer. Lo más natural del mundo es acudir en ayuda de otros seres humanos que nos necesitan. Estas personas se dedicaban a ordenar almacenes de ropa donada, a preparar lotes de verduras para distribuir a las familias o a jugar con los más pequeños de los campamentos entre otras cosas. En cierto modo es normal que no hubiera mucha gente de cuarenta años, pues dedicar tanto tiempo a causas altruistas no es muy compatible con obligaciones profesionales o familiares importantes.

Resultó que no toda la información que nos habían dado por email estaba actualizada. Contactamos con una persona que se había ido hace tiempo del lugar y por ello terminamos viviendo más lejos que el resto de voluntarios. Esto fue un contratiempo al principio, pero enseguida nos adaptamos. Lo más recomendable cuando emprendes un viaje así es ser flexible y no ahogarte en un vaso de agua. Supimos también que Team Bananas había sido de alguna forma absorbido por la organización en la que colaboraríamos, Intereuropean Human Aid Association (IHA).

Los primeros días de trabajo transcurrieron de manera tranquila, aunque nos sentimos muy perdidas al principio. Digamos que nos esperábamos otro tipo de bienvenida, en el que nos explicaran bien cómo funciona la organización, cómo se reparten las tareas, cómo se organiza el trabajo cada semana, dónde están situados los almacenes o campos adonde nos íbamos a mover cada día… (Es lo que cabe esperar cuando llegas nueva a un lugar de trabajo, sea o no remunerado) En realidad fuimos enterándonos de todo porque hicimos muchas preguntas. Nos contestaban con la mejor de las sonrisas, pero hubiéramos preferido que la cosa fuera menos caótica. Supimos más tarde, conociendo a nuestros compañeros y compañeras, que la mayoría de la gente sólo venía para quedarse dos semanas o un mes. Debe ser harto difícil coordinar a un equipo humano tan cambiante. Desde mi punto de vista, es mejor que las estancias sean más largas, y si hay gente que sólo puede quedarse dos semanas, lo mejor es que se preparen proyectos más cortos y específicos para estas personas. No hago esta crítica constructiva sin ser consciente de que todo esto es muy complicado cuando los recursos son escasos, incluido el tiempo.

La fiesta de cumpleaños

De todos los momentos vividos en esta primera semana, el más especial tuvo lugar en la casa de una familia de refugiados sirios, dentro del campamento de Epanomi. Este campamento es un bloque de apartamentos de vacaciones al lado de la playa que ahora está destinado a albergar familias. Después de haber bailado con todos los chavalillos el Waka Waka, el Aserejé o el ya más infantil Aramsamsam, mientras se nos subían a la chepa y nos daban un montón de cariño (los casi 40ºC poco importaban), nos fuimos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos en su apartamento. Lo que pasó entre esas cuatro paredes fue bastante mágico, porque la familia y las tres voluntarias que allí estábamos no hablábamos el mismo idioma y aún así llegamos a comunicarnos. El apartamento era mínimo y seguramente la familia tuviera muy poco que ofrecernos, pero una mesa bien colocada nos esperaba en la pequeña terraza, adonde nos condujeron con una sonrisa. Sacamos la tarta y los regalos para el homenajeado mientras cantábamos Happy Birthday y brindábamos con Coca-Cola (después les tocó a ellos cantar en árabe). Uno de los regalos que habían preparado en la organización eran unas gafas de buceo con tubo incorporado. Por un momento me pregunté si a ese niño realmente le gustaría nadar, porque había leído el artículo sobre Proyecto Agua antes de mi viaje, pero no dije nada. El padre, con sus hermosos ojos sirios llenos de expresividad, nos contó que había conseguido el asilo en Alemania y que volvía de Berlín para llevarse a su familia con él. Nos enseñaron los nuevos pasaportes y lo celebramos con otro brindis. Nos comentó, con pesar, que toda la gente europea que se encontraba en Thessaloniki había sido encantadora con él, pero no sentía lo mismo en Berlín. Decía que allá no le trataban igual. En ese momento me prometí que en la próxima ciudad donde me instale buscaría una manera de ayudar a los inmigrantes en su proceso de integración. Nuestra pequeña fiesta se alargó una media hora y con la ayuda de Google Maps y Google translator llegamos a saber un poquito más los unos de los otros. Nos fuimos dejando allí un pedacito de nosotras y deseando que la familia recaudase el dinero necesario para irse juntos a Alemania y empezar allí ein neues Leben (una nueva vida).

Continuará…

Dos hormiguitas que se van a Grecia

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Photo by Alex Blăjan on Unsplash

¡Qué valiente eres!

Ya me habían dicho esta frase hace 3 años, cuando me fui a Irlanda a buscar trabajo sin ningún contacto, pasando las primeras noches en un albergue cualquiera, mandando el currículum a diestro y siniestro y contestando llamadas que ni siquiera comprendía. Por entonces ya me parecía exagerado decir que aquello era valentía. Eran más bien ganas de cambio, de mejora y de aventura. Estaba en un país europeo, en una ciudad segura y con una cultura muy parecida a la mía ¿Qué podría ir mal? Si las cosas se ponían feas (es decir, si me daba cuenta de que el sabor de la Guinness no me convencía o que llovía demasiado) AerLingus me permitiría volar a Madrid por un módico precio de 50 euros. Podría después cruzar la meseta en tren escuchando alguna música melancólica y mirando por la ventana, hasta que el cambio de color en el paisaje me indicase que ya estaba en casa. ¡Punto!

Este año también he decidido irme y el “¡Qué valiente eres!” se repite en las bocas de algunos allegados. No me voy por trabajo ni por ganas de aventura sino que he decido colaborar como voluntaria en una ONG en el extranjero, eso sí, acompañada de una personita estupenda de mi familia. Hacía mucho tiempo que teníamos ganas de dar este salto y por fin nos inscribimos como voluntarias en una organización que ayuda a personas refugiadas en los campos y en las calles de Thessaloniki (os contaré más en las próximas semanas). Por desgracia no faltan lugares que necesitan ayuda ni causas por las que luchar, pero ésta en concreto nos tocaba de una manera especial por ser ciudadanas europeas, indignadas por el trato que se está dando a quienes escapan de la guerra de Oriente Medio.

Pero, ¿es “valiente” la palabra adecuada?

Es cierto que vamos a estar expuestas a situaciones dramáticas (basta con echar un vistazo a testimonios de otros voluntarios y voluntarias en internet) muy lejos de casa y sin apenas poder cambiar un ápice lo que veamos alrededor, pero considero que estamos haciendo lo que cualquiera haría en caso de emergencia: acudir y ayudar un poquito. Tenemos dos semanas de vacaciones y nos podemos permitir pagar el desplazamiento, ¿entonces por qué no hacerlo? Vamos a viajar en avión (no en una embarcación maltrecha y de noche en el Mediterráneo, con nuestros hijos/as a cuestas); vamos a dormir en un cómodo apartamento; vamos vacunadas; tenemos un seguro de viaje; tenemos a nuestras familias y nuestros trabajos esperándonos al final de la experiencia… ¿Sigo?

Claro que me da miedo no poder soportar el dolor, pero ¿acaso el miedo en una cantidad adecuada no es necesario para actuar con más precaución? El miedo nos ha ayudado a sobrevivir desde tiempos inmemoriales; no voy a negar que estoy hecha un flan, pero también tengo muchas ganas de aportar mi pequeño grano de arena y devolver un poco la esperanza a gente que lo ha perdido todo. Y si hay que echar una lagrimita, pues se echa, que tampoco pasa nada.

Si puedo iré escribiendo algo desde allí o subiré fotos a la cuenta de Instagram. Por el momento doy gracias a todos y todas las que nos apoyan en esta aventura. Con el cariño que nos llevamos de aquí, seguro que tendremos mucho para repartir en nuestro destino.

Hasta pronto y gracias por leerme,
Andrea

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Esta noche de San Juan nos va a tocar ver muchas cosas así. Yo respiro hondo y me voy preparando para zambullirme en un verano lleno de turistas poco conscientes, pero tengo un par de proyectos muy chulos que me ayudarán ser parte de la solución. Seguiremos informando…

Un abrazo,
Andrea

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Hace mucho que vengo hablando sobre diferentes asociaciones o iniciativas, pero nunca había contado mi experiencia como voluntaria. Ya han pasado más de diez años desde la primera vez que colaboré en la sección de Juventud de Cruz Roja Española y desde entonces no he parado; en este vídeo os cuento cómo me siento y por qué no quiero dejarlo. Hacer voluntariado cambia muchas vidas, las de quienes ayudan y las de quienes se dejan ayudan.

¿Quién no tiene una hora libre a la semana?

Un abrazo,
Andrea