Nadie dijo que fuera fácil

Aloha!

Hace dos años dejé el blog donde escribía para empezar este experimento audiovisual; con el nuevo formato pretendía llegar a más gente y de manera más rápida. Pero echo mucho de menos los artículos, así que volveré a escribir para los menos perezosos que aún se animen a leerme.

Con este texto de 2014 pretendo que todos empecemos los nuevos proyectos de este año con un poquito menos de miedo.

¡Gracias por seguir ahí!


 

Si algo puede salir mal, saldrá mal.

Siempre lo he creído, y eso que me dicen a menudo que soy una persona optimista (la última vez, cuando se estropeó mi calentador y le contaba a un amigo mi divertida experiencia medieval duchándome con la ayuda de unas cacerolas). En mi opinión, no está reñido; ser optimista no significa creer que todo vaya a salir bien, sino saber que, incluso el hecho de que las cosas salgan mal, puede traer consecuencias positivas (o no demasiado catastróficas).

Y es que hay muchas cosas que salen mal -demasiadas- y sería una pena pasar la vida lamentándose. Cuando le contamos un problema a nuestros amigos, por ejemplo, ¿qué es lo que nos dicen siempre? Que el pasado es pasado y nada podemos hacer por cambiarlo, que sigamos adelante. Claro, es fácil decirlo -pensaréis- cuando no eres tú a quien acaba de dejar su pareja, o a quien acaban de robarle el móvil, o a quien acaba de quemársele el pastel en el horno… Qué fácil es decir que “la vida continúa”, que “hay más peces en el mar”, o que “no es para tanto” cuando el problema no es tuyo. Pero tú le dirás exactamente lo mismo a esas personas cuando atraviesen un momento difícil.

Porque todos sabemos de sobra que lo mejor es siempre pasar página, pero nos cuesta. Sabemos que de nada vale quedarse estancado o quejarse demasiado, pero nos encanta revolcarnos en nuestros pensamientos más melancólicos y tener una excusa para no levantarnos del sofá en muchos días. Si pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo, yo creo que nos pasamos por lo menos otro tercio más dándole vueltas a cosas que ya no está en nuestras manos cambiar. Y dos tercios de una vida, tengas la edad que tengas, es mucho tiempo.

Ojo, que a mí me gustan las pequeñas depresiones momentáneas y no me las cargaría. Así como creo necesario controlar los enfados, no creo que haya que poner límite a las lágrimas. Llorar es como ir al baño, ¿no? Lo haces sin que nadie te vea y te quedas mucho mejor al terminar. Unos ojos que empiezan a estar vidriosos indican que una pena está llamando a la puerta, desde dentro, para poder salir. Yo soy de ésas que además ponen música triste para favorecer el drenaje; si se llora hay que llorar bien.

Pero volviendo a la forma en que afrontamos los contratiempos, creo que nos iría mucho mejor si asumiéramos que nuestras vidas se rigen por la ley de Murphy. De hecho, creo que ésa es la única manera de escapar a su influjo. Está claro que no controlamos nada de lo que ocurre. Para empezar, ¿quiénes somos?, ¿adónde vamos?, ¿de dónde venimos? Pues eso (perdón si os duele la cabeza). No somos responsables de nada de lo que nos ocurre y aún así no dejan de pasarnos cosas malas, a veces cuando creemos que en absoluto las merecemos. Está claro que alguien nos vacila. ¿El universo? Quizás. ¡También nos pasan muchas cosas buenas! -diréis-. Sí, sí, pero cuando al universo se le antoja. Vamos, que nos vacila. Es como ese chico que nos regala bombones un día y se pasa un mes sin aparecer. ¿Va a irnos bien en la vida sólo por el hecho de que nuestras intenciones sean buenas? ¿se van a cumplir todas nuestras expectativas sólo por el hecho de que tengamos muchas ganas de que así sea? No, no lo creo. Yo, al menos, ya he comprobado que no.

De verdad, eres más feliz cuando aceptas que tu vida se rige por la ley de Murphy; pasas de cabrearte a reírte de ti mismo cuando las cosas no salen como querías. Te ahorras saliva, disgustos y seguramente muchas arrugas en la frente. No me estoy refiriendo a episodios traumáticos; no creo que nadie sea capaz de superar el dolor de perder a un familiar cantando Hakuna Matata. Me refiero a todas esas cosas que, día tras día, nos sacan de quicio provocándonos estrés, malestar y confrontaciones con los demás que pueden derivar en actos desafortunados. Coches que no frenan ante un paso de peatones, tormentas que se desatan cuando salimos de la peluquería, imprevistos que nos impiden irnos de vacaciones, discusiones, bebés que lloran en el transporte público, manchas de tomate en el vestido nuevo, vecinos que jalean la noche antes a un examen, ataques verbales, etc, etc, etc.

Me imagino cada uno de esos sucesos como globos de agua que alguien lanza a nuestras manos; nuestra manera de recibirlos determina si el globo explotará, salpicándonos a nosotros y a los que están alrededor o si por el contrario se quedará intacto, provocándonos apenas un ligero cosquilleo en el impacto. En cinco años, ¿te acordarás de este día y de por qué te enfadaste? Apuesto a que no. ¿Para qué detonar esa bomba entonces?

No, no tenemos el control sobre casi nada de lo que ocurre fuera, pero podemos controlar nuestras emociones. Aceptar que estamos a merced del universo no hará que dejen de ocurrirnos putadas, pero todo lo que ocurra empezará a tener una importancia relativa. Porque seguramente a ti también te ha pasado, ¿verdad? que has visto una foto de nuestra galaxia y has pensado: “soy una maldita mota de polvo flotando en la inmensidad de la vía láctea”.

Sonreír ante un problema no va a solucionarlo, pero qué gran sensación ésa de estar desafiando a quien quiera que haya decidido que nada salga según lo previsto.

Andrea

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Reutilizando cajas de cereales

¡Buenos días a tod@s!

Éste es el primer vídeo del año. Uno de mis propósitos para 2016 es compartir más contenido relacionado con la ecología, un tema que me interesa desde hace mucho tiempo. ¡El planeta también necesita superhéroes anónimos!

Me encanta reutilizar materiales y servirme de ellos en mi vida cotidiana. En este caso, os muestro algunas de las cosas que suelo hacer con los cartones de los cereales. Consumo tantos paquetes al año que tirarlos a la basura sería un “delito ecológico”.

Espero daros alguna idea útil :-)

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¡Feliz año nuevo!

Andrea

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