Dos hormiguitas que se van a Grecia

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Photo by Alex Blăjan on Unsplash

¡Qué valiente eres!

Ya me habían dicho esta frase hace 3 años, cuando me fui a Irlanda a buscar trabajo sin ningún contacto, pasando las primeras noches en un albergue cualquiera, mandando el currículum a diestro y siniestro y contestando llamadas que ni siquiera comprendía. Por entonces ya me parecía exagerado decir que aquello era valentía. Eran más bien ganas de cambio, de mejora y de aventura. Estaba en un país europeo, en una ciudad segura y con una cultura muy parecida a la mía ¿Qué podría ir mal? Si las cosas se ponían feas (es decir, si me daba cuenta de que el sabor de la Guinness no me convencía o que llovía demasiado) AerLingus me permitiría volar a Madrid por un módico precio de 50 euros. Podría después cruzar la meseta en tren escuchando alguna música melancólica y mirando por la ventana, hasta que el cambio de color en el paisaje me indicase que ya estaba en casa. ¡Punto!

Este año también he decidido irme y el “¡Qué valiente eres!” se repite en las bocas de algunos allegados. No me voy por trabajo ni por ganas de aventura sino que he decido colaborar como voluntaria en una ONG en el extranjero, eso sí, acompañada de una personita estupenda de mi familia. Hacía mucho tiempo que teníamos ganas de dar este salto y por fin nos inscribimos como voluntarias en una organización que ayuda a personas refugiadas en los campos y en las calles de Thessaloniki (os contaré más en las próximas semanas). Por desgracia no faltan lugares que necesitan ayuda ni causas por las que luchar, pero ésta en concreto nos tocaba de una manera especial por ser ciudadanas europeas, indignadas por el trato que se está dando a quienes escapan de la guerra de Oriente Medio.

Pero, ¿es “valiente” la palabra adecuada?

Es cierto que vamos a estar expuestas a situaciones dramáticas (basta con echar un vistazo a testimonios de otros voluntarios y voluntarias en internet) muy lejos de casa y sin apenas poder cambiar un ápice lo que veamos alrededor, pero considero que estamos haciendo lo que cualquiera haría en caso de emergencia: acudir y ayudar un poquito. Tenemos dos semanas de vacaciones y nos podemos permitir pagar el desplazamiento, ¿entonces por qué no hacerlo? Vamos a viajar en avión (no en una embarcación maltrecha y de noche en el Mediterráneo, con nuestros hijos/as a cuestas); vamos a dormir en un cómodo apartamento; vamos vacunadas; tenemos un seguro de viaje; tenemos a nuestras familias y nuestros trabajos esperándonos al final de la experiencia… ¿Sigo?

Claro que me da miedo no poder soportar el dolor, pero ¿acaso el miedo en una cantidad adecuada no es necesario para actuar con más precaución? El miedo nos ha ayudado a sobrevivir desde tiempos inmemoriales; no voy a negar que estoy hecha un flan, pero también tengo muchas ganas de aportar mi pequeño grano de arena y devolver un poco la esperanza a gente que lo ha perdido todo. Y si hay que echar una lagrimita, pues se echa, que tampoco pasa nada.

Si puedo iré escribiendo algo desde allí o subiré fotos a la cuenta de Instagram. Por el momento doy gracias a todos y todas las que nos apoyan en esta aventura. Con el cariño que nos llevamos de aquí, seguro que tendremos mucho para repartir en nuestro destino.

Hasta pronto y gracias por leerme,
Andrea

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Un abrazo,
Andrea

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¿Quién no tiene una hora libre a la semana?

Un abrazo,
Andrea

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Cuando empecé a hacer vídeos no sabía que existía una biblioteca de YouTube con música sin derechos de autor, así que decidí crear mi propia música de fondo. Es verdad eso de que la necesidad nos hace ser más creativas… Es una canción sencilla pero resume muy bien lo que busco con este pequeño proyecto.

Años después de eso convencí a mi querida compañera de coro Andrea Iglesias para que se pasara por casa una tarde y la grabáramos juntas. Y… voilà! Ahora puedo enseñárosla entera. ¿Os gusta?

La próxima vez, con más luz y más tiempo,

Andrea