SomosOcéano: ropa riquiña y sostenible

¡Buenas tardes!

Sigo empeñada en mostraros marcas de ropa que merecen una oportunidad, ya que fabrican sus prendas prestando especial atención al impacto que causan en el medio ambiente (con intención de reducirlo al mínimo) y se preocupan de que las personas que las cosen trabajen en condiciones dignas.
En este caso, no he tenido que irme muy lejos para entrevistar a Ana, que desde Vigo nos explica por qué SomosOcéano es diferente.

La industria de la moda está cambiando gracias a pequeñas iniciativas como ésta.

¡Espero que os guste!
Andrea

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Menos glamour y más amour

El domingo pasado vi el programa de Jordi Évole. Me alegro de que haya vuelto Salvados, salpicando los hogares españoles con un poquito de realidad cada semana.

Invité a mi amiga a verlo conmigo y me contestó que allí estaría, para indignarnos juntas delante del televisor, una vez más. Sabíamos que no iban a contarnos nada nuevo, porque en ese tema ya nos habíamos informamos lo suficiente (hoy en día, no se informa quien no quiere) pero nos interesaba conocer el mensaje que se estaría lanzando al resto de gente, deseando que entre la audiencia se encontrasen muchos compradores compulsivos de ropa.

Me imagino que si estás leyendo este blog es porque a veces utilizas tu maravilloso cerebro y te planteas cambiar algunas cosas que sabes que no están bien. Aunque, si has llegado aquí por casualidad, te invito a que te quedes igualmente y reflexiones un poquito conmigo.

Tranquilízate, no soy un ejemplo de nada; mientras escribo esto llevo puesto un pijama de una marca muy conocida y muy barata.

Cuando me informé un poco sobre el origen de las prendas de ropa que a diario todos vestimos, empecé a sentir cierta aversión por la industria de la moda. Al descubrir quién fabrica (y cómo se fabrican) los modelitos de las marcas que llevo consumiendo desde los quince años, empecé a reducir drásticamente el número de veces que me iba de tiendas. Esto no resolvía el problema, claro, pero lo aminoraba.

¡Ah, claro! El problema… Empecemos por el principio. Una empresa que quiera tener muchos beneficios, necesita tener muchos más ingresos que costes. Es decir, que cuanto más barato le salga fabricar un vestido, y más caro lo venda en la tienda, más dinero habrá ganado con el proceso.
El salario que se paga a los trabajadores es uno de los costes más importantes que tiene que afrontar una empresa, y viene determinado, entre otras cosas, por el salario mínimo interprofesional (más conocido como SMI) de cada país. Si una marca de ropa se instala en un país donde el SMI sea muy bajo (donde paga muy poco a sus trabajadores) y vende los productos fabricados allí a un país donde el SMI y la renta sean más altas, habrá hecho el negocio del siglo. Tomo el ejemplo de la trabajadora camboyana a la que Jordi Évole entrevista en su programa:

  • Salario que la empresa textil paga a la trabajadora: 140 dólares/mes
  • Precio al que la empresa vende una camisa en EEUU: 23 dólares/unidad
  • Número de camisas fabricadas por una trabajadora cada mes: 1,100 unidades

Es decir, que para cubrir el coste del salario de esta persona, la empresa solamente necesita vender unas 6 o 7 camisas (¡de las 1,100 que se producen!) algo que no pasaría si las fábricas estuviesen en España y no en Camboya. Por lo tanto, localizar una fábrica en Asia es muchísimo más rentable económicamente y es una conducta lógica para alguien que quiera ganar mucho dinero. En eso todos estamos de acuerdo.

Pero tú ya sabes que no se vive igual en Camboya que en Madrid.

Los testimonios recogidos en este programa (una de tantas fuentes donde puedes informarte) reflejan las largas jornadas de trabajo, las malas condiciones laborales y el escaso poder adquisitivo de los trabajadores de la industria textil en Asia, que normalmente comparten viviendas muy modestas entre varias personas. Las cosas fuera de la factoría tampoco son demasiado fáciles, ya que, por ejemplo, para llegar a ella no hay línea de metro que puedan coger mientras leen tranquilamente el periódico.

O sea, lo que vengo a decir es que las personas que fabrican la mayoría de tu ropa y calzado, tienen una vida de mierda. Si no quieren ese trabajo, que no lo hagan, ¿no? Pero, si tienen que escoger entre ser explotados (por alguien que está forrado de dinero) o vivir en la miseria, ¿qué opción les queda? ¿Alguna de las compañías que allí se instalan intenta mejorar el entorno de esta gente o sólo se preocupan de llenarse los bolsillos?

A ese problema me refería antes.
Nosotros, estrenando ropa cada semana, regocijándonos con los precios tan asequibles, yendo de compras porque sí, porque esta chaqueta ya está gastada, porque acabo de cobrar, porque he trabajado duro y me lo merezco, porque por fin voy a quedar con ese chico, porque ha salido el sol y toca renovar el armario un poco, porque estoy deprimido y necesito subirme la moral…
Ellos, trabajando durante 8, 10 o más horas al día en la fábrica , sin vacaciones, con un día libre a la semana, cobrando una miseria de sueldo que apenas cubre sus necesidades básicas,…

Esa chica que sale en el programa tiene la piel un poco más oscura que yo, vive en un sitio más cálido y habla una lengua que me es extraña, pero me niego a creer que no le gustaría disfrutar de más tiempo con sus hijos, de unas vacaciones con su pareja, de una seguridad laboral decente, de un sueldo que le permitiese vivir tranquila, de un fin de semana de conciertos y películas o de rica comida en un restaurante. Me niego a aceptar que nos merecemos vidas tan diferentes.

Sé que es difícil ser un consumidor ético; es un peñazo ponerse a buscar marcas que garanticen las buenas condiciones en las que se fabrican sus productos y, por supuesto, es más caro comprar ropa y complementos que no conlleven una explotación humana en su confección pero, ¿acaso se le puede poner un precio a la dignidad?

No sé a ti, pero a mí ya no me vale sentirme guapa por fuera con tanto trapito, sabiendo que todo mi glamour esconde un aspecto tan tétrico. Me propongo buscar alternativas, por ejemplo, a través de talleres y diseñadores locales, tiendas de segunda mano, reciclaje de prendas viejas, marcas de comercio justo… O incluso siendo más exigente con las marcas de siempre.

No va a ser un cambio fácil, sobre todo en una sociedad en la que se le da mucha más importancia al aspecto físico que a los valores humanos. Pero si los jóvenes, con toda nuestra energía, no tomamos riesgos ni intentamos tomar caminos nuevos, ¿quién lo hará?