Voluntariado en Grecia – Parte II

(Esta entrada es la continuación de Voluntariado en Grecia – Parte I )

¡Hola de nuevo a toda la gente linda que me lee!
Escribo desde el ferry: parezco una bloguera famosa de ésas que no tienen tiempo para nada. Este verano me decidí a irme de voluntaria al extranjero, por eso no paro. Me gustaría mucho que quienes os lo estáis pensando podáis llegar a conseguirlo y por eso me parece importante compartir algunas de mis impresiones. Ojalá no hiciese falta nada de lo que hacemos y los únicos viajes solidarios fuesen para asistir en catástrofes naturales (aunque, puestas a formular deseos, ojalá no hubiese nada de eso tampoco…)

Todavía me quedan muchas cosas que contar, así que aquí vamos:

La semana que pasamos en Thessaloniki estuvo llena de sensaciones encontradas, como cabía esperar. Aún así, conseguí no dejarme llevar por la frustración y disfrutar de cada pequeño momento que teníamos para actuar, en la medida en que pudiéramos. Los voluntarios y voluntarias no sólo dábamos sino que también recibíamos mucho cariño y aprovechábamos para recopilar información y testimonios y así hacernos una idea más clara de la situación real de las personas refugiadas. De hecho, creo que por la corta duración de la estancia no ha sido tan importante lo que haya podido hacer yo sino todo lo que he integrado y lo que ha cambiado mi visión de las cosas. Es necesario estar allí, atravesar la pantalla del televisor de casa para mirar bien a los ojos a quienes te cuentan sin ningún tapujo su tremenda historia y acto seguido te dan la mano para bailar o bromear. Acabo de buscar en el diccionario el significado de coraje, pero para definirles a ellos es necesario inventar un vocablo nuevo.

Lo curioso es que estando en Thessaloniki nos dijeron que otra organización necesitaba urgentemente un médico en Lesbos (¡yo viajaba con una médica!) y por lo tanto nos invitaron a irnos a la isla para seguir ayudando allí. Por supuesto nos lo pensamos muchísimo. Nos parecía una locura coger otro avión cuando acabábamos de llegar y todavía nos estábamos adaptando a todo. Pero si habíamos emprendido este viaje precisamente para ayudar a quienes más lo necesitaban, ¿nos iban a frenar unos cuantos kilómetros más? Allá nos fuimos con la nariz pegada a la ventanilla del avión, disfrutando del paisaje y de las vistas de las islas Griegas allá abajo ¡Una auténtica pasada! Una vez en tierra, la primera impresión del paradisíaco lugar tampoco nos dejó indiferentes.

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En algún rincón de la isla de Lesbos

Bridget (una adorabilísima enfermera australiana que conoceréis en el próximo vídeo) nos esperaba con la mejor de la sonrisas para enseñarnos el lugar y darnos las primeras instrucciones. Llegábamos nerviosas, preparadas para la acción, pero resultó que nuestros dos primeros días fueron de descanso, pues la clínica estaba cerrada los fines de semana. Visitamos la isla con otras dos voluntarias, al principio sintiendo cierta culpabilidad, porque no estábamos allí para eso, pero en seguida nos sentimos a gusto y disfrutamos a lo grande bañándonos en el Mediterráneo y comiendo ensalada griega (¡al cabo de una semana el queso feta me salía por las orejas!). Precisamente cuando escuchas tantas historias tristes te apetece disfrutar al máximo de cada pequeño momento y agradecer todo lo que tienes. Saber que otra gente sufre no debe paralizarnos sino llenarnos de fuerza y de energía para seguir adelante comiéndonos la vida e inventando cada día nuevas formas de mejorar lo que nos rodea. Al volver de Molyvos decidimos parar en el cementerio de chalecos salvavidas, sobre una colina, y ahí la realidad nos golpeó de nuevo después de nuestro fin de semana idílico. Este lugar es terrible, cada chaleco representa una vida que ha terminado ahogada en el mar, intentando llegar a tierra para vivir una vida digna, lejos de las bombas, la hambruna y/o la pobreza. No había silencio, se oían grillos como en toda la isla y el hedor era insoportable porque estábamos al lado de un basurero. Si el infierno existe se parece a eso. Nos miramos y nos dijimos, encogiéndonos de hombros, “por eso estamos aquí”. Vi una concha pequeña en el suelo y me la metí en el bolsillo. Pensé: “la concha me recordará este sitio”. No sé dónde está esa concha ahora, pero da igual, nada hará que lo olvide.

Cementerio de chalecos salvavidas, Molyvos (Isla de Lesbos). Julio 2017

La organización DocMobile, donde colaboramos, ofrece asistencia sanitaria sin coste a las personas refugiadas en Grecia. Dos días por semana se desplaza a edificios ocupados ilegalmente (más conocidos como squats) donde habitan personas que no quieren vivir en los campos (por diversos motivos, por ejemplo la falta de libertad) y los otros tres días ofrece asistencia en la clínica de un Centro Comunitario maravilloso llamado One Happy Family (os enseñaré imágenes de este sitio en un vídeo y os recomiendo que leáis la descripción en su página de Facebook porque es genial). Los residentes de los campamentos de Moria o Kara Teppe pueden llegar allí tras media hora o cuarenta minutos de caminata y recibir cuidados médicos primarios (para tratar congestiones nasales, cortes poco profundos, problemas de indigestión, conjuntivitis,…) además de medicamentos. Mi trabajo consistía principalmente en hacer de intérprete entre la doctora y los pacientes. Me sorprendió descubrir que había tanta gente de África; mis conocimientos de francés fueron finalmente muy útiles.

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Niños y niñas de familias refugiadas jugando con una voluntaria. Julio 2017

One Happy Family Community Centre es un lugar increíble… Entre todos han ido construyendo, desde febrero de este año, un lugar de encuentro acogedor y lleno de vida en la zona de Thermi: la gente de Argelia creó la cafetería, la gente de Etiopía y de Egipto creó un cine; la gente de Marruecos preparó un espacio para fumar shisha; la gente de Nepal construyó las largas mesas del comedor en madera; la gente de Siria y Ghana pintó murales en las paredes; los afganos y afganas, junto con los iraníes y las iranís colaboraron en la construcción de la escuela mientras alguna gente de Israel y Palestina recorrió los campos buscando a profesores y profesoras que quisieran enseñar; la gente del Congo montó una tienda de ropa a medida, la gente de Mianmar se encargó de cocinar y empezó a preparar comida deliciosa y la gente de Túnez empezó a ocuparse del jardín, plantando flores y hierbas.  Este lugar es mágico porque está creado POR la gente y no únicamente PARA la gente. Swisscross.help empezó este proyecto con la convicción de que si ofrecían a las personas refugiadas un espacio seguro donde todas fueran aceptadas, éstas podrían coexistir juntas y trabajar por el bien común, como una comunidad humana equilibrada. Hoy en día es algo más que eso; como su nombre indica, todos forman una feliz y gran familia.

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Cafetería del Centro Comunitario One Happy Family en la isla de Lesbos. Julio 2017

Llegar a ese lugar o marcharse de él siempre era una experiencia agradable, porque quien nos veía aparecer nos saludaba con una sonrisa y los brazos en alto, preparados para contarnos algo, y quien nos veía irnos nos deseaba un feliz día y nos preguntaba si volveríamos a vernos al día siguiente. Mucha gente allí tiene un gran sentido del humor, ¿cómo puede hacerte reír alguien que ha pasado recientemente por semejantes calamidades? ¿de dónde sacan tanto positivismo?
A veces nos preguntaban si teníamos sitio en el coche para que les acercáramos a los campamentos, que como decía, están un poco lejos caminando. En una ocasión llevamos a una mujer congoleña y a su bebé hasta el centro de Mytilene para coger un autobús al campamento de Pikpa. Nos contó que el hijo lo había tenido después de haber llegado. Aquella criatura oscura y pequeñita descansaba sobre su pecho ajeno a todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Le llenamos la maleta de plátanos y más agua de la que ya tenía; la mujer iba cargando con más de 10 kilos en su espalda. Nos despedimos preguntándonos si llegaría a su destino y si conseguiría algún día el asilo en un país seguro para ella y su niño. Cuando nos cruzábamos con alguien así se nos partía un poquito el corazón e intentábamos seguir con nuestro día como si nada. Pero al llegar la noche yo siempre pensaba en esas personas un poco más detenidamente y me daba cuenta de lo injusto que es el mundo que hemos construido. Toda la miseria de esos países es culpa de un sistema que nos hace creer que “aquí arriba” somos el centro del universo y que necesitamos tener más, comprar más, saber más, controlar más, ser mejores y más guapos mientras medio mundo se muere de hambre o se pudre en el olvido sin poder disponer de sus propios recursos. Hay caras e historias que no se me van a olvidar nunca y espero que me sirvan de motor para convertir la rabia en acción.

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Kate, Alice, Paula, Andrea y Bridget. Voluntarias en Lesbos. Julio 2017

La mayor sorpresa del viaje fue encontrarnos a tantas personas de todo el mundo echando una mano en muchas actividades diferentes que ni imaginábamos que pudieran ser necesarias (por ejemplo, instalando carpas para proveer espacios de sombra en los campamentos, ya que el sol apretaba mucho). En Lesbos seguimos encontrándonos también con muchas personas jóvenes. Nos encantó conocer la sede de Médicos Sin Fronteras en Mytilene (una gente verdaderamente encantadora con quien compartimos una buena charla). También tuvimos la oportunidad de asistir a una de las reuniones semanales que organiza ACNUR con las organizaciones que actúan en el terreno para ponerlas al día con nuevos datos de interés. Como días antes había tenido lugar una gran trifulca en el campamento de Moria, donde algunos residentes plantaron fuego a una de las tiendas, las organizaciones pedían respuestas sobre la mejora de la evacuación y seguridad para los residentes, entre otras cosas. Ya os podéis imaginar que en los campamentos están tan desesperados que a veces buscan maneras de llamar la atención y demostrar su frustración y desconecto por llevar allí más de 10 meses o por ver a algunos compañeros injustamente en prisión antes de ser deportados. Mientras nosotras estuvimos allí hubo incluso gente haciendo huelga de hambre para protestar por la mala acogida y abandono de la Unión Europea para con los refugiados en Grecia.

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Gente protestando en el centro de Mytilene por sus compañeros arrestados en la prisión de Moria (Julio 2017).

La verdad es que ojeo todas las fotos y me dan ganas de seguir contándoos un montón de anécdotas, pero me da miedo aburriros con una entrada tan larga; sé que pocos de vosotros llegaréis hasta el final.

Creo que con esto ya os he contado lo más importante del viaje, si bien me quedan mil experiencias en el tintero, mil nombres en la punta de la lengua, mil momentos por describir, muchas sensaciones, algunas lágrimas que echar cuando en el telediario hablen de todos nuestros amigos como una masa de extranjeros sin rostro, ni identidad ni derechos… Supongo que irán saliendo poco a poco en las semanas venideras, en el blog o alrededor de un café que comparta con alguien. Los viajes así no se digieren en pocos días, ésta es una pastilla que irá surtiendo efecto poco a poco. Yo creo que ya me está transformando.

Si alguien está leyendo este blog porque se está planteando un voluntariado parecido, sólo puedo decirle que “¡Adelante con ello!”. A pesar de las dudas, los nervios, el caos, la tristeza, en ocasiones… A pesar de todo eso, cuando estás haciendo algo tan bonito, tan verdadero, puro y primitivo como ayudar a otro ser humano en apuros a sentirse mejor sientes una especie de cosquilleo eléctrico en el estómago que nace en el nudo de tu garganta y se alarga hasta tus pies. En ese momento, medio hipnotizada por una sonrisa y unos ojos que parecen mirarte desde un espejo, te das cuenta de que no hay ningún lugar en el mundo donde prefieras estar y que aunque el mundo se terminase al día siguiente te da igual, porque estás haciendo la única cosa importante que has venido a hacer aquí.

Gracias por leerme y buenas noches,

Andrea

Voluntariado en Grecia – Parte I

Son muchas las razones por las que me apetece compartir aquí la experiencia vivida en Grecia: en primer lugar, porque escribir sobre las cosas que veo y siento me resulta apasionante (sobre todo si se trata de un aventura de este calibre); en segundo lugar, porque el relato podría ser útil o interesante para quienes se estén planteando realizar un voluntariado parecido o para quienes simplemente tengan curiosidad, y por último, porque en ese país he conocido a decenas de personas maravillosas que trabajan desinteresadamente para que otros estén mejor, y ya sabéis que en este blog las historias de superhéroes cotidianos son más que bienvenidas.

Empezaré diciendo que mi acompañante (una persona de mi familia) y yo emprendimos este viaje porque en ese momento disponíamos del tiempo y del dinero necesarios. Dos semanas es muy poco, pero es más que suficiente para hacerse una idea de cómo -de mal- están las cosas para quienes escapan de la guerra y la pobreza y llegan a las costas europeas. Por supuesto existen opciones de voluntariado internacional en donde la propia organización (o algún otro organismo) te costea el viaje y la estancia, pero no fue nuestro caso. Ahora que estamos de vuelta estamos todavía más convencidas que antes de que cada euro que salió de nuestro bolsillo supuso una inversión más que un gasto.

Después de habernos puesto de acuerdo acerca de las fechas enviamos un correo a Team Bananas, la organización con la que queríamos colaborar (los chicos y chicas de Camino a Grecia nos hablaron de ella). Tras conocer nuestra disponibilidad y nuestras inquietudes, el responsable nos explicó cómo funcionaba todo y nos dio alguna información, también nos pidió que cubriéramos un documento de inscripción y que ingresáramos una determinada cantidad para costear la gasolina que utilizaríamos en nuestros desplazamientos diarios a los almacenes, a los campos, etc. En un primer momento me pareció sospechoso que nos pidieran dinero de antemano, por eso pedí al responsable que nos enviase el típico documento de identidad bancaria con el nombre de la organización asociado a ese número de cuenta (hay gente que saca provecho de las situaciones más impensables, por eso preferí asegurarme).

Nos plantamos en Thessaloniki el 2 de julio, en medio de la noche. Nuestra anfitriona nos esperaba pacientemente en el pequeño estudio que habíamos alquilado a través de Airbnb. En el trayecto desde el aeropuerto un taxista nos había contado sus ideas políticas, más bien conservadoras (“Tsipras is a shit”). Al principio se había pasado un largo rato callado y serio (¡qué diferencia con respecto a los adorables taxistas irlandeses!). Le dijimos lo que veníamos a hacer y no se mostró demasiado contento. Decidimos no darle muchos más detalles. Buena parte de la ciudadanía griega no comprende el trabajo que se lleva a cabo para ayudar a los/as refugiados/as en el país; sólo quieren que se vayan pronto de allí y que dejen de subir los impuestos. Son considerados como un mero problema económico, como una plaga. Dicen que Europa les ha dejado de lado, no sin razón, y que no pueden hacer frente a una tasa de inmigración tan alta. ¿Acaso se olvidan de la parte humanitaria? ¿Acaso se olvidan de que las fronteras tienen sólo una función administrativa y que, por encima de todo, está la seguridad y el bienestar de las personas? Es curioso que en España la gente nos haya animado tanto y al llegar allí nos hayamos sentido tan incomprendidas en algunas ocasiones. Por supuesto, la sensación al estar entre otros voluntarios y voluntarias es completamente diferente. La primera vez que conocimos a nuestros compañeros y compañeras, nos dimos cuenta de que estábamos en el lugar correcto.

Después de haber descansado bien (por suerte para nosotras y por desgracia para el medio ambiente el apartamento tenía aire acondicionado) nos lanzamos a conocer la pintoresca ciudad de Thessaloniki con las piernas todavía libres de picaduras de mosquito. Por la noche cenamos con el resto de voluntarios y voluntarias. “Lo normal en nuestro grupo es que la comida sea vegetariana, si quieres carne tienes que especificarlo” me había comentado una chica. Disfrutamos de un manjar compuesto de verduras y queso feta, sorprendidas tanto por lo rico y barato que era todo como por lo jóvenes que eran todas las personas que nos rodeaban (¡y simpáticas!). No nos esperábamos que nuestras coordinadoras (una chica alemana y otra holandesa) tuvieran 23 años y que algunas de las voluntarias tuvieran sólo 19. Traté de imaginarme qué estaba haciendo yo o cualquiera de mis amigos a esa edad… Mejor no lo escribo. ¿Será una cuestión cultural?

Saborear ese ambiente nos ayudó a tranquilizarnos. Supongo que quienes nos decían “qué valientes sois” antes de irnos nos habían contagiado un poquito de su miedo. Al conocer a tantas personas que pasaban allí semanas e incluso meses, nos dimos cuenta de que en realidad no había nada que temer. Lo más natural del mundo es acudir en ayuda de otros seres humanos que nos necesitan. Estas personas se dedicaban a ordenar almacenes de ropa donada, a preparar lotes de verduras para distribuir a las familias o a jugar con los más pequeños de los campamentos entre otras cosas. En cierto modo es normal que no hubiera mucha gente de cuarenta años, pues dedicar tanto tiempo a causas altruistas no es muy compatible con obligaciones profesionales o familiares importantes.

Resultó que no toda la información que nos habían dado por email estaba actualizada. Contactamos con una persona que se había ido hace tiempo del lugar y por ello terminamos viviendo más lejos que el resto de voluntarios. Esto fue un contratiempo al principio, pero enseguida nos adaptamos. Lo más recomendable cuando emprendes un viaje así es ser flexible y no ahogarte en un vaso de agua. Supimos también que Team Bananas había sido de alguna forma absorbido por la organización en la que colaboraríamos, Intereuropean Human Aid Association (IHA).

Los primeros días de trabajo transcurrieron de manera tranquila, aunque nos sentimos muy perdidas al principio. Digamos que nos esperábamos otro tipo de bienvenida, en el que nos explicaran bien cómo funciona la organización, cómo se reparten las tareas, cómo se organiza el trabajo cada semana, dónde están situados los almacenes o campos adonde nos íbamos a mover cada día… (Es lo que cabe esperar cuando llegas nueva a un lugar de trabajo, sea o no remunerado) En realidad fuimos enterándonos de todo porque hicimos muchas preguntas. Nos contestaban con la mejor de las sonrisas, pero hubiéramos preferido que la cosa fuera menos caótica. Supimos más tarde, conociendo a nuestros compañeros y compañeras, que la mayoría de la gente sólo venía para quedarse dos semanas o un mes. Debe ser harto difícil coordinar a un equipo humano tan cambiante. Desde mi punto de vista, es mejor que las estancias sean más largas, y si hay gente que sólo puede quedarse dos semanas, lo mejor es que se preparen proyectos más cortos y específicos para estas personas. No hago esta crítica constructiva sin ser consciente de que todo esto es muy complicado cuando los recursos son escasos, incluido el tiempo.

La fiesta de cumpleaños

De todos los momentos vividos en esta primera semana, el más especial tuvo lugar en la casa de una familia de refugiados sirios, dentro del campamento de Epanomi. Este campamento es un bloque de apartamentos de vacaciones al lado de la playa que ahora está destinado a albergar familias. Después de haber bailado con todos los chavalillos el Waka Waka, el Aserejé o el ya más infantil Aramsamsam, mientras se nos subían a la chepa y nos daban un montón de cariño (los casi 40ºC poco importaban), nos fuimos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos en su apartamento. Lo que pasó entre esas cuatro paredes fue bastante mágico, porque la familia y las tres voluntarias que allí estábamos no hablábamos el mismo idioma y aún así llegamos a comunicarnos. El apartamento era mínimo y seguramente la familia tuviera muy poco que ofrecernos, pero una mesa bien colocada nos esperaba en la pequeña terraza, adonde nos condujeron con una sonrisa. Sacamos la tarta y los regalos para el homenajeado mientras cantábamos Happy Birthday y brindábamos con Coca-Cola (después les tocó a ellos cantar en árabe). Uno de los regalos que habían preparado en la organización eran unas gafas de buceo con tubo incorporado. Por un momento me pregunté si a ese niño realmente le gustaría nadar, porque había leído el artículo sobre Proyecto Agua antes de mi viaje, pero no dije nada. El padre, con sus hermosos ojos sirios llenos de expresividad, nos contó que había conseguido el asilo en Alemania y que volvía de Berlín para llevarse a su familia con él. Nos enseñaron los nuevos pasaportes y lo celebramos con otro brindis. Nos comentó, con pesar, que toda la gente europea que se encontraba en Thessaloniki había sido encantadora con él, pero no sentía lo mismo en Berlín. Decía que allá no le trataban igual. En ese momento me prometí que en la próxima ciudad donde me instale buscaría una manera de ayudar a los inmigrantes en su proceso de integración. Nuestra pequeña fiesta se alargó una media hora y con la ayuda de Google Maps y Google translator llegamos a saber un poquito más los unos de los otros. Nos fuimos dejando allí un pedacito de nosotras y deseando que la familia recaudase el dinero necesario para irse juntos a Alemania y empezar allí ein neues Leben (una nueva vida).

Continuará… 

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Dos hormiguitas que se van a Grecia

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Photo by Alex Blăjan on Unsplash

¡Qué valiente eres!

Ya me habían dicho esta frase hace 3 años, cuando me fui a Irlanda a buscar trabajo sin ningún contacto, pasando las primeras noches en un albergue cualquiera, mandando el currículum a diestro y siniestro y contestando llamadas que ni siquiera comprendía. Por entonces ya me parecía exagerado decir que aquello era valentía. Eran más bien ganas de cambio, de mejora y de aventura. Estaba en un país europeo, en una ciudad segura y con una cultura muy parecida a la mía ¿Qué podría ir mal? Si las cosas se ponían feas (es decir, si me daba cuenta de que el sabor de la Guinness no me convencía o que llovía demasiado) AerLingus me permitiría volar a Madrid por un módico precio de 50 euros. Podría después cruzar la meseta en tren escuchando alguna música melancólica y mirando por la ventana, hasta que el cambio de color en el paisaje me indicase que ya estaba en casa. ¡Punto!

Este año también he decidido irme y el “¡Qué valiente eres!” se repite en las bocas de algunos allegados. No me voy por trabajo ni por ganas de aventura sino que he decido colaborar como voluntaria en una ONG en el extranjero, eso sí, acompañada de una personita estupenda de mi familia. Hacía mucho tiempo que teníamos ganas de dar este salto y por fin nos inscribimos como voluntarias en una organización que ayuda a personas refugiadas en los campos y en las calles de Thessaloniki (os contaré más en las próximas semanas). Por desgracia no faltan lugares que necesitan ayuda ni causas por las que luchar, pero ésta en concreto nos tocaba de una manera especial por ser ciudadanas europeas, indignadas por el trato que se está dando a quienes escapan de la guerra de Oriente Medio.

Pero, ¿es “valiente” la palabra adecuada?

Es cierto que vamos a estar expuestas a situaciones dramáticas (basta con echar un vistazo a testimonios de otros voluntarios y voluntarias en internet) muy lejos de casa y sin apenas poder cambiar un ápice lo que veamos alrededor, pero considero que estamos haciendo lo que cualquiera haría en caso de emergencia: acudir y ayudar un poquito. Tenemos dos semanas de vacaciones y nos podemos permitir pagar el desplazamiento, ¿entonces por qué no hacerlo? Vamos a viajar en avión (no en una embarcación maltrecha y de noche en el Mediterráneo, con nuestros hijos/as a cuestas); vamos a dormir en un cómodo apartamento; vamos vacunadas; tenemos un seguro de viaje; tenemos a nuestras familias y nuestros trabajos esperándonos al final de la experiencia… ¿Sigo?

Claro que me da miedo no poder soportar el dolor, pero ¿acaso el miedo en una cantidad adecuada no es necesario para actuar con más precaución? El miedo nos ha ayudado a sobrevivir desde tiempos inmemoriales; no voy a negar que estoy hecha un flan, pero también tengo muchas ganas de aportar mi pequeño grano de arena y devolver un poco la esperanza a gente que lo ha perdido todo. Y si hay que echar una lagrimita, pues se echa, que tampoco pasa nada.

Si puedo iré escribiendo algo desde allí o subiré fotos a la cuenta de Instagram. Por el momento doy gracias a todos y todas las que nos apoyan en esta aventura. Con el cariño que nos llevamos de aquí, seguro que tendremos mucho para repartir en nuestro destino.

Hasta pronto y gracias por leerme,
Andrea

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Mi experiencia como voluntaria en mi ciudad de residencia

Una voluntaria cuenta su experiencia en el campo de refugiados de Nea Kavala en 2016 a través de vídeos cortos

Descripción del Proyecto Agua llevado a cabo en la isla de Lesbos

Mi experiencia como voluntaria

Hace mucho que vengo hablando sobre diferentes asociaciones o iniciativas, pero nunca había contado mi experiencia como voluntaria. Ya han pasado más de diez años desde la primera vez que colaboré en la sección de Juventud de Cruz Roja Española y desde entonces no he parado; en este vídeo os cuento cómo me siento y por qué no quiero dejarlo. Hacer voluntariado cambia muchas vidas, las de quienes ayudan y las de quienes se dejan ayudan.

¿Quién no tiene una hora libre a la semana?

Un abrazo,
Andrea

Lápices y Colores viaja a Nepal

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Me sorprendió enterarme de que un viejo amigo de la universidad se había ido el año pasado a Nepal para colaborar con el proyecto de reconstrucción de una escuela de primaria. Digo que me sorprendió porque durante nuestros años de facultad nunca le había relacionado con la cooperación internacional o la ayuda humanitaria. Sabía que trabajaba en un banco y que viajaba regularmente por Europa, pero no me esperaba encontrarlo posando sobre un elefante o rodeado de diminutos colegiales sonrientes a punto de recibir un montón de ropa llevada desde Galicia.

Sentí mucha curiosidad por saber qué le motivó a emprender ese viaje. El pasado verano, en la playa de Samil, contestó a mis preguntas con la amabilidad y la frescura que le caracterizan, poniéndome al corriente sobre la actividad de la asociación LÁPICES Y COLORES, de la que desde 2015 forma parte.

Andrea: ¿Quién está detrás de Lápices y Colores?
Miguel: Lápices y Colores está compuesto por todas y cada una de las personas que han decidido aportar su granito de arena a alguno de nuestros proyectos. Hablamos de cientos de personas que a nivel local y regional son las auténticas responsables de muchas sonrisas y un futuro mejor en otros rincones del planeta. Nosotros sólo somos el brazo de un cuerpo muy grande que actúa e intenta hacer las cosas lo mejor posible.
Ese brazo ejecutor lo formamos un grupo de amigos unidos por una causa común: mejorar los estándares de vida en poblaciones de países no desarrollados, trabajando in situ. Somos gente de a pie, con nuestras vidas y nuestros trabajos, a veces relacionados o no con la esencia de la actividad de la Asociación. Nuestros trabajos son los que financian nuestros respectivos viajes. Así lo establecen nuestros Estatutos: desde el primer hasta el último euro que recaudamos con los eventos y otras acciones se destinan únicamente a nuestros proyectos.

No es necesario saber de construcción, de pedagogía o de sanidad para colaborar y viajar con nosotros. La mejor palanca de impulso, el mayor valor añadido para estas cosas se encuentra en la VOLUNTAD que sí puede ser un denominador común en todas las personas.

A: ¿Te imaginabas haciendo algo así hace diez años? ¿Qué cambió?
M: Ciertamente no. Creo que como todo en esta vida las cosas ocurren por y para algo. En mi caso, durante mi tiempo en Italia conocí y me integré en una asociación llamada Addiopizzo, cuya inquietud era frenar la extorsión que sufrían los pequeños negocios por parte de la Mafia, principalmente en Sicilia. Ver de primera mano la injusticia social o la desigualdad, y sobre todo ver la fuerza de voluntad de esa gente que sin recibir aparentemente nada a cambio se volcaban tanto con el proyecto, hizo que quisiera más.

Un tiempo después, cuando regresé a España, eché en falta entre otras cosas el tener al menos un pié metido de algún modo en el sector social. Conocí a través de un buen amigo a Gonzalo, un hombre y ahora amigo con muchas ideas y todavía más voluntad. Desde entonces, Lápices y Colores cuenta con nosotros y muchas más gente.

A: ¿Y el trabajo en el banco? ¿Lo dejaste para perseguir este sueño?
M: Es cierto que dejé el banco y lo hice coincidir con el viaje, pero dejar el banco formaba parte de un cambio más global en mi persona. No dejé el trabajo por un viaje ni por un proyecto asociado a Lápices y Colores, era y es algo más personal, ligado a una nueva forma de ser y valorar la vida y las cosas más esenciales. Lápices es una palanca de impulso, un trampolín para potenciar algo que quiero ser y vivir, pero ni el viaje ni la asociación sustituyeron un trabajo. Al final, para lo bueno y para lo malo, sigo viviendo en el mundo occidental y debo ser consecuente con ello.

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A: ¿Cómo han reaccionado tus amigos y familia ante la idea de coger unos sacos llenos de cosas y plantarte en Nepal?
M: La primera persona que me viene a la mente es mi madre. Por supuesto, como a toda madre, un viaje de este estilo le generó cierta preocupación. Quizá no tanto por la inseguridad, ya que procuramos viajar a países con relativa estabilidad política, sino porque países con estándares de vida más bajos suponen menos garantías antes posibles infortunios.
No obstante, la gente de mi entorno no sólo ha aprobado este tipo de acciones sino que han mostrado, en general, bastante interés por nuestro día a día; poco a poco van conociendo y colaborando cada vez más con nuestra causa. Me gustaría añadir que el turismo solidario es algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer, quizás por miedo o inseguridad, pero es algo para lo que cualquiera está perfectamente capacitado. Lo que cuenta, como decía antes, es la voluntad.

A: ¿Podrías resumir tu viaje en 3 palabras? 
M: Quizás ni 300 palabras serían suficientes para describir al completo un viaje de este estilo durante casi un mes, pero para responder a tu pregunta diré:
ENRIQUECEDOR, ÚNICO, ACCESIBLE.

A: Para financiar los proyectos en los que vais a colaborar, realizáis acciones y eventos para recaudar fondos. ¿Qué medios de comunicación recomiendas para asociaciones que tengan ideas similares y quieran, de igual manera, organizar actos benéficos?
M: Las redes sociales, están a la orden del día y son fundamentales. No obstante, no podemos olvidar el boca a boca cuando tienes credibilidad y convicción. Las redes sociales llegan indudablemente a más personas, pero por desgracia, a pesar de la esencia del mensaje, en términos relativos se materializa poco la colaboración.

A: Consejo breve para quien se plantee embarcarse en una aventura como la tuya.
M: No lo dudes; la línea de la vida que separa una idea e ilusión de su materialización y realización es más delgada de lo que piensas.


LÁPICES Y COLORES se irá este año a Birmania. ¿Quieres colaborar con ell@s? No te pierdas el próximo Vermouth Solidario en la ciudad de Vigo. Haz click AQUÍ para ver toda la información del evento:

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¡Hasta muy pronto, camaradas!
Andrea